El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Un segundo haz de leña, también encendido, cayó muy cerca. Como el primero, era de ramas de pimentero rojo de Cayena, que desprenden un humo infernal que parece quemar los ojos.

—¿Están cargados los arcabuces? —preguntó Botafuego, disponiéndose a saltar.

—Sí —contestaron todos, con voz entrecortada.

—Pues abajo y mano a las espadas.

Los cuatro hombres se dejaron caer.

Un dogo precipitóse sobre el bucanero, intentando saltarle a la garganta y estrangularlo.

El cazador que ya esperaba aquel ataque, retrocedió con agilidad pasmosa y cogiendo el arcabuz por el cañón, le abrió el cráneo de un terrible culatazo.

Otros dos que se arrojaron sobre el conde y sobre el gascón no tuvieron mejor fortuna.

Dos estocadas rápidas les hicieron caer al uno sobre el otro, con la garganta atravesada.

—¡Fuego sobre las cincuentenas! —gritó entonces el bucanero.

Los españoles corrían, alabarda en ristre, lanzando vivas exclamaciones:

—¡Rendíos! ¡Daos presos!


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