El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo La respuesta fue cuatro arcabuzazos; luego el bucanero y sus camaradas, aprovechando la confusión que la descarga produjo entre los enemigos, echaron a correr desesperadamente por los confines de la selva para ganar los pantanos.
El gascón, que tenía las piernas más largas que sus compañeros y que era todo músculo y nervios, iba con la velocidad de un proyectil; el que no marchaba muy a gusto era Mendoza, pero no se quedaba atrás.
Los españoles lanzáronse en pos de ellos, gritando ferozmente y azuzando a los dos únicos perros que quedaban con vida.
Parecía, sin embargo, que los pobres animales, impresionados por la suerte de sus compañeros, no sentían grandes deseos de trabar conocimiento con los arcabuces ni con las espadas de los formidables adversarios, porque no se aventuraban a correr mucho.
En menos de cinco minutos los fugitivos atravesaron la pequeña llanura y llegaron a la orilla de los pantanos.
—¡Deteneos! —gritó Botafuego—. Puede haber bancos de arena movediza. Haced fuego a los españoles durante algunos minutos, mientras encuentro el paso.
Los españoles, viendo a aquellos cuatro hombres hacer alto y cargar precipitadamente los arcabuces, detuviéronse sin osar exponerse a las balas de aquellos terribles tiradores.