El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Qué hay de nuevo? —preguntó el señor de Ventimiglia, disparando arcabuzazos allà donde veÃa brillar el casco de un alabardero.
—He encontrado el paso —respondió el bucanero—. Probablemente no será muy ancho, pero nos bastará.
—¿Y los caimanes?
—No os preocupéis de esos estúpidos animales. Nos ocasionarán pocas molestias. Cargad los arcabuces y seguidme todos. ¡Cuidado con los perros!…
El conde y sus compañeros cargaron apresuradamente las armas y marcharon tras del bucanero que corrÃa a lo largo de la pequeña lengua de tierra que habÃa descubierto.
Los dos perros, al verles huir, cobraron nuevos brÃos, en tanto que los españoles, comprendiendo que los enemigos se les escapaban de entre las manos, levantáronse, agitando furiosamente las alabardas.
En menos de medio minuto, los fugitivos llegaron al extremo de la lengua de tierra.
—¡Fuera las espadas y ahorremos pólvora! —gritó Botafuego.
Azuzados por sus amos, los perros estaban a punto de alcanzarlos.