El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Tenemos una fortuna maravillosa —dijo—. El fondo es bueno y no hay arenas. Señores españoles, esperad un poco y cuando queráis darnos caza, no encontraréis más que caimanes. Vaya, ocupémonos de la comida. No será tarea larga. Derribemos media docena de ardillas volantes y tendremos un asado exquisito.

Retrocedieron el camino recorrido, costeando los nogales negros, y casi en seguida, abrieron el fuego. Entre las ramas de los grandes árboles saltaron locamente, mejor dicho, volaban graciosos animalitos, algo mayores que ratones, con piel gris perla por la parte superior y blanca plata por la inferior, orejas pequeñas y negras, hocico sonrosado y soberbia cola semejante a una magnífica pluma de avestruz.

Eran ardillas volantes, que espantadas por la presencia de aquellos dos desconocidos, trataban de ponerse a salvo, como si ya adivinasen las malévolas intenciones del bucanero.

Aunque algo semejantes a las que se encuentran en las selvas de Europa, difieren en una membrana cubierta de pelo que une las patas posteriores a las anteriores, permitiéndoles dar verdaderos vuelos que llegan a veces basta cincuenta pasos.


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