El hijo del Corsario Rojo

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El conde, en vez de contestar, fijó los ojos en el pantano, que se extendía ante él hasta perderse de vista, interrumpido solo aquí y allá por islotes o por bancos cubiertos de vegetación exuberante.

—¿Tendremos que atravesarlo? —preguntó después de largo silencio.

—Sí, señor conde —contestó Botafuego—. No podemos retroceder; perderíamos la vida, porque seguramente los españoles han enviado correos en demanda de auxilio, y las cincuentenas que lleguen no vendrán armadas únicamente de alabardas.

—¿Cuándo partiremos?

—Esta misma noche, con el fin de que nuestros enemigos no vean la dirección que tomamos.

—¿Se halla muy lejos la finca de la marquesa?

—Más cerca de lo que suponéis —contestó Botafuego—. A buen paso, podremos llegar a ella en cinco o seis horas.

—Entonces busquemos comida.

—Un momento, señor conde: hay que descubrir el paso. Si no consigo encontrarlo, no podremos alejarnos del islote.

Cortó una caña, montó el arcabuz para estar pronto a hacer fuego sobre los caimanes, y se entró en el agua tanteando el fondo.

Apenas llevaba recorridos quince pasos, cuando el conde le vio volver.


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