El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Acaso esto aumentará la fiebre de ellos —dijo el conde—, desconocer lo que aquà me trae. Ciertamente que no he atravesado el Atlántico para continuar las proezas de mi padre y de mis tÃos…
El bucanero volvióse rápidamente, contemplando con fijeza al hijo del Corsario Rojo.
—¿Alguna venganza? —preguntó.
—Ya lo veréis más tarde —contestó el señor de Ventimiglia, con voz grave—. Antes tengo otras cosas que hacer.
Detúvose, contemplando cara a cara al bucanero.
—¿Habéis estado en Darién? —le preguntó de repente.
—SÃ, con Wan-Horn —respondió Botafuego.
—¿Entonces, conocéis el paÃs?
—Bastante bien; tratábase en aquella ocasión de atravesarlo con ayuda de un gran cacique, enemigo encarnizado de los españoles, para saquear a Granada.
—¿Cómo se llamaba el cacique?
—Hara.
—TenÃa hijas, ¿verdad?
—SÃ, señor conde.
—¿Dadas por esposas a filibusteros notables?
—Eso lo ignoro —contestó Botafuego.
—¿Y él?
—¿Quién?