El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Infinidad de aves huÃan ante el corsario y el bucanero. Eran cuervos de mar, más grandes que los gallos, ferocÃsimos, porque se atreven a atacar hasta a las personas heridas impotentes para defenderse; flamencos, tántalos verdes y blanco ibis.
—Busquemos primero el paso —dijo el bucanero al conde, que se disponÃa a hacer algunos disparos para procurarse una buena comida—. Ya tendremos tiempo de matar a esos volátiles, que no parecen muy espantados de nuestra presencia.
—¿Esperáis encontrarlo?
—¡Eh!… Los pantanos de esta isla son muy difÃciles de atravesar a causa de las arenas movedizas que constituyen el fondo. Pero no desconfÃo de encontrar algún vado que nos permitirá dejar burlados a los españoles. ¿Tenéis la seguridad completa de que vuestro barco os espera en el cabo Tiburón?
—No desplegará las velas sin recibir mis órdenes —contestó el conde.
—Entonces pensemos en la finca de la marquesa. Sin el auxilio de esta señora, difÃcilmente podréis salir de Santo Domingo. A estas horas se habrán movilizado todas las cincuentenas para capturarnos. Aún no han olvidado a los tres famosos corsarios, y los españoles se quedarán aterrados al saber que existe un cuarto que recorre las aguas del gran golfo y cuyos propósitos se ignoran.