El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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El bucanero y el conde, ocultos tras las pasionarias, observaron atentamente las columnas españolas, columnas completamente inofensivas, porque no se atrevían a abandonar la pequeña península que avanzaba en el pantano.

Miraba las aguas, sobre todo los sitios cubiertos de hierba, temerosos de que apareciese algún caimán.

Estos animales no faltaban en aquellos pantanos, pero no se dejaban ver. Probablemente no habían notado la presencia de aquel grupo de hombres. Cuando las tinieblas comenzaron a desvanecerse, el bucanero y el conde, después de asegurarse de que los españoles continuaban firmes en la pequeña península, hicieron una rápida excursión a través de la isla, para buscar un paso que les permitiese huir de la vigilancia de sus adversarios. Aquel trozo de tierra estaba cubierto de bellísimos céspedes de hojas verdes y flores azuladas y de aristoloquias de hojas ovaladas, flores lívidas en forma de sifones, troncos muy gruesos y raíces gigantescas que salían fuera de tierra como desmesuradas serpientes.

No faltaban tampoco árboles grandes. Aquí y allá veíanse grupos de magnolias cargados de ciertas frutas semejantes a los limones, de brillante color rojo, y que se emplean con gran éxito para curar las fiebres intermitentes, y también, nogales negros, de dimensiones gigantescas y muy frondosos.


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