El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Los pantanos de Santo Domingo sirven de refugio a multitud de animales de pluma, y no nos faltará una comida regular, con tal que los españoles nos dejen tranquilos.
—¿Aguardáis un nuevo asalto?
—Ahora que no tienen perros, que son los que constituyen la verdadera fuerza de la cincuentena, no se atreverán a atacarnos. Sin embargo, es posible que envÃen por refuerzos para ponernos sitio en regla. Pero esto me importa muy poco.
—¿Y si rodeasen el pantano? —preguntó el señor de Ventimiglia.
—¡Oh! Se necesitarÃan más de cien cincuentenas, y el gobernador de Santo Domingo no dispone de tantas. Lo mismo que ya he descubierto un paso, no desespero de encontrar otro, y antes de que lleguen los refuerzos, nos encontraremos en San José, en la finca de la marquesa. Allà no corremos peligro alguno, porque conozco mucho al administrador.
—Este hombre es maravilloso —dijo Mendoza—. Decididamente los filibusteros tienen una suerte extraordinaria. Por esto los españoles nos creen hijos, primos o sobrinos del compadre Belcebú. También eso vale algo…