El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Me figuro que por hoy, mejor dicho, por esta noche, renunciarán a ello.
—Es gente bien educada —observó el gascón.
—Si hubiesen logrado echarnos mano, amigo mÃo, sospecho que no mostrarÃais tan buen humor —respondió el bucanero riendo.
—¿A mà me lo decÃs? ¡Ah, conozco bien a esos señores! ¡Diablo! No gastan bromas con los bucaneros.
—Ni tampoco los bucaneros con ellos —replicó Botafuego—. Pero, nosotros somos todavÃa cuatro y dudo mucho que ellos sean aún ciento. Señor conde, ¿queréis dormir algunas horas? Por el momento ningún peligro nos amenaza.
—La gente de mar está acostumbrada a las fatigas, y no siento la necesidad de reposo —contestó el señor de Ventimiglia.
—Yo preferÃa una cena regular —dijo Mendoza—. La lengua de búfalo y el trozo de jabalà no sé dónde estará ya. Probablemente habrán ido a parar a los talones, después de una carrera tan larga.
—No tengo menos hambre que vos —observó el bucanero—. Sin embargo, os veréis obligado, lo mismo que yo, a esperar hasta el alba. No podemos matar aves por la noche, y aquà no hay más que aves.
—Y ya es bastante —dijo el conde sonriendo.