El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Asà llevaban recorridos cerca de quinientos pasos, cuando descubrieron a breve distancia un islote de extensión considerable, al parecer lleno de vegetación.
—He aquà un refugio magnÃfico —dijo Botafuego—. Si el fondo sigue siendo bueno bajo esas plantas, podremos desafiar, no a dos, sino a diez cincuentenas.
—Se me figura que los españoles no tienen, al menos por ahora, intenciones de meterse en el agua. ¡Diantre! ¡Las arenas movedizas imponen miedo a todos!…
Tanteando multitud de pasionarias trepadoras, que en aquellos paÃses se multiplican rápidamente formando bellÃsimas guirnaldas de flores purpúreas con pistilos y estambres blancos, con martillo, clavos, lanza y todos los instrumentos de la Pasión, que luego se convierten en frutas amarillas, ovoidales, tan grandes como melones, muy apreciadas por los indÃgenas, sobre todo cocidas con vino y azúcar.
—Esto debe de ser un pequeño paraÃso —murmuró Botafuego—. Ahora probablemente nos sitiarán los españoles, pero no creo que consigan matarnos de hambre si tal es su propósito. Conozco los recursos de que puede disponerse en estos islotes.
—¿Hemos llegado al fin a casa? —preguntó Mendoza.
—Eso parece —contestó Botafuego.
—¿Vendrán nuestros enemigos a molestarnos hasta aqu�