El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo A TRAVÉS DEL PANTANO
El bucanero y sus camaradas se ocultaron en la espesura, refugiándose tras los enormes troncos de los nogales negros, los cuales formaban un baluarte inexpugnable, al menos por el momento.
Una columna constituida por dos cincuentenas, armadas de arcabuces, avanzaba a lo largo de la pequeña península, disparando de vez en cuando, y acompañada de grandes perros.
Era una fuerza imponente, que podía dar mucho que hacer a los fugitivos, aun cuando se hallasen separados por un largo espacio de pantano y tuviesen asegurada la retirada.
—Están decididos a echarnos mano —dijo Botafuego, que espiaba con atención los movimientos de los perseguidores.
—¿Emprenderán en seguida el ataque? —preguntó el conde.
—Ahora mismo no —contestó el bucanero—. Ante todo comenzarán por buscar el paso que hemos utilizado nosotros, y este no será tan ancho que les permita a todos avanzar al mismo tiempo. Se verán obligados a marchar en fila india, y podremos fusilarlos sin dificultad.
—Bien dicho —exclamó Mendoza.