El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No, porque soy un jugador pésimo, señor conde de Santiago, y además, nunca tengo suerte, ni en las cartas, ni en los dados.
—La tendréis con las bellas damas, con la marquesa sobre todo —dijo el capitán, casi con rabia.
—En el mar jamás he encontrado sino naves tripuladas por corsarios, y estos no me han recibido con besos, os lo aseguro. Por el contrario, a mi saludo contestaban con balas de grueso calibre que provocaban sudor helado a mi gente.
—Sin embargo, en tierra es otra cosa.
—No por cierto, al menos hasta ahora.
—Supongo que no intentaréis hacerme creer que la marquesa os desagrada.
—Caballero, he venido a este saloncito para jugar algunos miles de piastras y no para charlar. Debierais saber que los marineros no son aficionados a hablar mucho. ¿Cien piastras?
—Sea —contestó el conde de Santiago con cierto aire de indiferencia.
—¿Queréis ser el primero?
El capitán, en vez de responder, cogió el cubilete de oro, agitó los dados y los arrojó sobre la mesa.
—¡Trece! —exclamó—. He aquà un número que me traerá la desgracia.
—¿Sois supersticioso?