El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Pero resulta interesantÃsimo, porque se arriesga la vida de un hombre.
—Prefiero apostar doblones —repuso el joven—. Lo encuentro más cómodo.
—¿Y cuando no queda dinero?
—Se deja la mesa de juego y se marcha uno a dormir a su camarote; al menos asà se acostumbra a hacer entre la gente de mar.
—Pero no entre nosotros.
—¡Qué diablo! ¿Seréis hombre distinto de los demás, señor conde?
—Pudiera ser —respondió secamente el capitán.
—Tenéis gustos malÃsimos.
—¿Pretendéis ofenderme?
—¡Yo! Nada de eso, capitán. He venido aquà para jugar, no para enfadarme o para provocar un escándalo. ¿Qué dirÃan de mÃ?
—Acaso tengáis razón.
—Dejad, pues, en paz a las pieles vivas o muertas y juguémonos nuestros doblones o nuestras piastras. Estos al menos no tienen pieles que se vendan.
—¿Apuntáis?
—Cien piastras —contestó el joven hidalgo.
—¿Intentáis arruinarme?