El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Por qué capitán? —preguntó el joven con afecta indiferencia.

—¡Mil rayos!

—¡Mil truenos! Juráis, señor conde.

—Me parece que vos hacéis lo mismo.

—¡Oh, soy hombre de mar! Además, nadie os prohíbe jurar. La gente de tierra y la de mar, en ocasiones, se hallan perfectamente de acuerdo… en este terreno.

—Sois gracioso, conde.

—Algunas veces.

—¿Qué jugamos? —repitió el capitán.

—Ya os lo he dicho: lo que queráis.

—¿Una piel viva?…

El joven miró al capitán con sorpresa.

—No os comprendo. ¿Qué pretendéis decir al proponer que juguemos una piel viva? ¿La de un tiburón acaso?

El capitán de alabarderos llevóse la mano a la cadera en actitud provocativa; luego dijo con voz grave:

—Entre militares se acostumbra a jugar la piel cuando se cansan de arrojar oro sobre la mesa.

—¿Y bien?… —preguntó tranquilamente el conde de Miranda.

—El que pierde se salta los sesos de un pistoletazo.

—¡Bárbaro juego!


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