El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¡Oh! ¡Querría veros en el lugar de ellos!…

—Atacaría al enemigo de frente, a la cabeza de mis marineros.

—Ya sabemos todos qué figura tan bonita hacen los marinos que tripulan nuestros galeones —dijo el capitán burlonamente—. Al oír los primeros cañonazos, arrían la bandera española y entregan a los bandidos de la Tortuga las barras de oro que llevan en la bodega.

—Los míos, sin embargo…

El conde de Miranda se detuvo, mordiéndose los labios como arrepentido de haber dejado escapar aquella frase.

—Capitán —dijo—, ¿queréis que juguemos?

—Para esto os había invitado. Veremos si el amor os trae fortuna o desgracia.

—¿Qué pretendéis decir?

El conde de Santiago, en vez de responder, hizo señas a un esclavo negro galoneado y vestido de seda, y le ordenó:

—Los dados: vamos a jugar.

—En seguida, señor conde.

Momentos después, el esclavo llevaba en una bandeja de plata, primorosamente cincelada, una tacita de oro con los dados de marfil.

—¿Qué jugamos, señor conde de Miranda?

—Lo que queráis.

—Mucho cuidado con lo que decís.


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