El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Se me figura que los dados producen una emoción más violenta que las cartas, y esto sienta bien a los hombres de guerra, acostumbrados a las estocadas y a los cañonazos. ¿No opináis del mismo modo, caballero? No somos pacÃficos cultivadores de caña de azúcar o de Ãndigo.
—Tenéis ingenio, conde.
—De mar, condimentado con mucha sal —repuso el joven sonriendo—. Somos hombres muy salados.
—En cambio, nosotros estamos muy perfumados —replicó el capitán de alabarderos.
—¿Por qué?
—Vivimos siempre en los bosques, dando caza a los bucaneros.
—¿Y matáis muchos de esos pillos?
—¡Uf! En ocasiones alguno cae bajo nuestros arcabuces, pero casi nunca bajo las alabardas de nuestros numerosos soldados. Apenas los bribones oyen un arcabuzazo, en vez de atacar, escapan como liebres.
—¿Quiénes? ¿Los bucaneros o los nuestros?
—Los nuestros, conde.
—¿Tanto miedo sienten?
—Basta a veces un bucanero bien emboscado para derrotar a nuestros alabarderos; y tened en cuenta que nunca se ponen en campaña menos de cincuenta soldados.
—¡Qué valientes! —exclamó el conde de Miranda, con sonrisa sarcástica.