El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No juguéis, conde —interrumpió la marquesa.
—¡Oh, una sola partida! —repuso el joven—. Son distracciones que agradan a la gente que navega. Vamos, caballero.
Besó galantemente la mano a la marquesa de Montelimar y siguió al rudo capitán de alabarderos, no sin hacer antes una ligera seña a la bella viuda, como para decirle:
—No os preocupéis por mÃ.
Atravesaron la amplia sala, fulgurante de luces, donde militares y marinos danzaban alegremente con las señoras y señoritas más distinguidas de Santo Domingo, y entraron en un saloncito en el que una docena de oficiales, ancianos en su mayorÃa, jugaban y fumaban grandes cigarros habanos, sin ocuparse lo más mÃnimo de la fiesta.
Los doblones centelleaban en las mesitas de juego, y cartas y dados eran arrojados con cierta indiferencia, más afectada que real, por los jugadores.
—Señor conde —dijo el capitán de alabarderos—, ¿preferÃs los dados, o las cartas?
El joven pareció pensar un momento, luego respondió: