El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El conde lo miró un instante, luego respondió con cierta ironía:
—Un hidalgo debe saber danzar, jugar y dar estocadas cuando se presenta la ocasión.
—Por ahora os propongo únicamente jugar —dijo el capitán de alabarderos.
—Si esto os agrada, estoy a vuestras órdenes, señor conde de Santiago.
—¡Cómo! ¿Me conocéis? —exclamó el capitán, haciendo un gesto de asombro.
—Sí… por casualidad.
La marquesa de Montelimar, un poco pálida se puso en pie.
—¿Qué deseáis, conde de Santiago del conde de Miranda? —preguntó.
—Solamente proponerle una partida de monte, señora. Los hombres de mar prefieren el juego a la danza, ¿no es verdad, conde?
—Algunas veces —contestó secamente el señor de Miranda.
—Y además, ya habéis bailado una vez con la reina de la fiesta.
—No obstante, si la marquesa desea dar otra vuelta, renuncio en el acto a la partida que me proponéis.
—La noche no ha terminado aún y tendréis tiempo de mover las piernas cuando os plazca —dijo el capitán con sutil ironía.