El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Qué decÃais, conde? —preguntó la marquesa de Montelimar.
—Que la orquesta es excelente y que podrÃamos bailar.
—Eso mismo pensaba proponeros.
—A vuestras órdenes, marquesa.
El baile se reanudó.
Damas y caballeros giraban vertiginosamente en los espléndidos salones del palacio de Montelimar, electrizados por una docena de citaristas y de bandolinistas, ocultos tras una especie de jardincillo formado por una doble hilera de soberbios bananos.
El conde abrazó a la marquesa y se lanzó agilÃsimo en medio del torbellino de bailarines.
Algunas parejas detuviéronse para contemplar al apuesto joven y a su bellÃsima compañera, admirando su ligereza y su gracia. Hasta entonces no habÃan visto nunca danzar de aquel modo a un marino.
Apenas terminó la orquesta y el conde condujo de nuevo a la marquesa a su puesto, cuando oyó una voz que le decÃa:
—Caballero, vos que bailáis tan bien, ¿sabrÃais jugar del mismo modo?
El joven capitán de la «Nueva Castilla» volvióse instantáneamente, y no pudo refrenar un movimiento de sorpresa al hallarse con el capitán de alabarderos.