El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Con locura. La semana anterior mató de una estocada terrible a un alférez de marina, porque supo que yo mostraba cierta preferencia por aquel desgraciado.
—¡Ah! ¿Es celoso el capitán?…
—Y buen espadachÃn, según dicen.
—QuerrÃa poner a prueba su habilidad —dijo el conde con acento ligeramente irónico.
—Guardaos bien de ello, señor de Miranda.
—¿Por qué? ¿Me suponéis, marquesa, hombre capaz de sentir miedo del capitán?
—No, conde; pero lamentarÃa…
—¿Qué?
—Que os ocurriese alguna desgracia —repuso la marquesa, cuyo acento pareció alterado de pronto por viva emoción.
El joven capitán separóse del brazo y la contempló con sorpresa.
—¿A vos… que apenas hace cinco minutos que me conocéis?… —preguntó—. ¿Vos sentirÃais que me sucediese una desgracia?
—Admiro a los hidalgos valientes y amables como vos, conde.
El joven ahogó un suspiro; luego dijo a media voz:
—Es extraño: también mi tÃo…
En el acto, se detuvo, cerrando fuertemente los labios.