El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo LA VILLA DE LA MARQUESA DE MONTELIMAR
Aunque agotados por tan larga carrera, los cuatro hombres, con un supremo esfuerzo, saltaron la cerca y cayeron en medio de un soberbio plantĂo de bananos, los cuales, con sus inmensas hojas, podĂan ocultarlos a las miradas de los perseguidores.
Botafuego, después de dirigir una mirada rápida a su alrededor y de tomar aliento, hizo señas a sus compañeros para que les siguiesen sin tardanza.
Ocultándose entre los árboles, recorrió cuatrocientos o quinientos metros y se detuvo ante un pabellón construido todo de piedra y coronado por vasta terraza.
—Ocultémonos aquà por el momento —dijo—. Los españoles, no se atreverán, al menos por esta noche a importunar a los criados de la marquesa.
—¿Y cómo nos recibirá el administrador de la señora? —preguntó el conde.
—Ya me conoce —respondió el bucanero—. Muchas veces he venido aquà a proveerme de pólvora y de balas después del servicio prestado a la marquesa. Me recibirá como a un amigo.
—Eso es una fortuna —dijo Mendoza—. Si no fuese asĂ, podrĂa tomarnos por filibusteros y obsequiarnos con una buena granizada de plomo en vez de la comida que esperamos.