El hijo del Corsario Rojo

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—Probablemente la marquesa habrá enviado ya algún correo para avisar al administrador de nuestra llegada —contestó el conde.

—O habrá venido en persona —añadió Botafuego—. No me extrañaría. Entremos y yo haré llamar al administrador, si todavía no se ha acostado. Por ahora nada tenemos que temer.

Con un poderoso empujón, el bucanero derribó la puerta e introdujo luego a sus compañeros en una anchurosa estancia llena de enormes vasos que contenían plantas raras.

—Esperadme aquí —dijo—. Acaso encontraréis fruta que podrá serviros de cena. Siento el perfume de bananas.

—Excelentes, después de un buen asado —observó Mendoza.

—Contentaos ahora con la fruta —respondió el bucanero riendo—. Os servirá de aperitivo.

Cogió el arcabuz, saludó al conde y salió cautelosamente desapareciendo entre las tinieblas.

—¡Qué diablo de hombre! —murmuró Mendoza.

—Si hubiese en Santo Domingo cien bucaneros como él, no sé cómo acabarían las cincuentenas —dijo el gascón—. No querría encontrarme en el pellejo de los españoles.

—Y sin embargo, sois medio español.


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