El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Tengo solamente la coraza española, amigo Mendoza —contestó Barrejo—, y cuando me halle a bordo de la fragata del señor conde, me desembarazaré también de ella.
—¿Pero llegará ese momento?
—¿Lo dudas, Mendoza? —preguntó el señor de Ventimiglia un tanto sorprendido por el pesimismo del marinero.
—¡Qué queréis! No veo el fin de esta aventura.
—De esto se encargará la marquesa de Montelimar.
—No digo que no sea una dama prodigiosa. Lo mismo que nos ha salvado una vez, podrÃa hacerlo otra.
—Silencio, señor conde —dijo en aquel momento el gascón—. Me parece que hablan afuera.
—¡Truenos y relámpagos! —exclamó Mendoza, poniéndose en pie de un brinco—. ¿Estarán ya aquà los españoles?
El conde se dirigió a la puerta desquiciada, arcabuz en mano.
OÃase el crujido de los guijarros en la calle que conducÃa al pabellón.
—¿Quién vive? —gritó el conde con acento amenazador.
—Bajad el arcabuz, señor conde —respondió Botafuego—. No asustéis a la marquesa.