El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡La marquesa!
—SÃ, yo soy, señor de Ventimiglia —contestó una voz bien timbrada.
La marquesa de Montelimar, provista de una antorcha, apareció en el umbral, siempre alegre y siempre sonriente, con la cabeza envuelta en un riquÃsimo chal de seda blanca, que hacÃa resaltar más vivamente su tez morena.
—¡Vos, marquesa! —exclamó el conde.
—No creÃais encontrarme aquÃ, ¿verdad, señor de Ventimiglia?
—No, marquesa.
—TenÃa que salvaros otra vez y por esto he abandonado a Santo Domingo. Mis huéspedes aunque se trate de enemigos de mi patria a la que adoro con entusiasmo, son sagrados.
—¿Habéis sabido, pues, que nos perseguÃan?
—Os diré también que han puesto en movimiento a todas las cincuentenas disponibles para capturaros, antes de que podáis dejar la isla, porque ya todos están enterados de que sois hijo del corsario Rojo y sobrino de aquellos dos formidables corsarios que se llamaron el Negro y el Verde.
—¿Cómo han podido adivinarlo? —preguntó el conde, que parecÃa preocupado.