El hijo del Corsario Rojo

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—No lo sé —respondió la marquesa—. Lo mismo que os salvé en Santo Domingo, os salvaré aquí. Además, esta cacería humana me divierte, y ya veremos quién revela más astucia, si el gobernador de Santo Domingo, o la marquesa de Montelimar.

—Corréis, sin embargo, el peligro de comprometeros.

La bella andaluza se encogió de hombros; luego, mostrando sus lindos dientes, que brillaban como perlas, dijo con encantadora sonrisa:

—Una Montelimar será siempre una Montelimar, en cualquier lugar donde se encuentre. Así pues, me admirarán más y más cuando sepan que he favorecido vuestra fuga. Ya conocéis cuán caballerosos son los españoles.

—Es cierto —dijo el conde—. Hay, no obstante, una cosa que me preocupa mucho.

—¿Cuál? Hablad, conde.

—¿Estará libre el camino que conduce al cabo Tiburón? Mi fragata me espera allí.

—Traigo conmigo hombres adictos y los enviaré para que exploren el terreno. Aparte de esto, ya encontraré algún medio para que atraveséis tranquilamente por medio de las cincuentenas. Señor conde, la cena debe de estar preparada; sé por este bravo bucanero que no habéis tomado alimento desde esta mañana. Como habéis aceptado una comida, aceptad también esta.


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