El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Botafuego es un hombre verdaderamente maravilloso —murmuró Mendoza—. Está en todo.

La dama salió acompañada del conde y de los otros dos hombres.

El bucanero permanecía de guardia en la puerta.

—¿Ocurre algo? —le preguntó la marquesa.

—Nada, señora —contestó Botafuego—. Los españoles no han llegado aún. Tal vez esperan a que amanezca para hacernos una visita.

—Que vengan cuando gusten; tengo bien provista la bodega y daré de beber a todos los soldados. Señor conde, seguidme.

El conde de Ventimiglia ofreció el brazo a la marquesa y atravesaron el plantío de bananos, pasando luego a un bellísimo jardín.

En medio se elevaba un palacete de estilo morisco, con amplias galerías y minaretes y un vasto patio interior, donde murmuraban dos surtidores de agua que mantenían una frescura deliciosa durante las abrasadoras tardes estivales.

Bajo una galería cubierta brillaban luces colocadas en candeleros de plata e iluminaban una mesa ricamente provista.

—Sois un hada, marquesa —dijo el conde.


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