El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Sí, un hada del bosque —respondió la bella viuda, riendo— o mejor, de los plátanos, porque aquí no se cultiva más que esta fruta deliciosa. Botafuego, ¿queréis dispensarnos el honor de cenar con nosotros? He dispuesto que sirvan la mesa a vuestros compañeros en la terraza de poniente; desde allí podrán vigilar mejor los movimientos de las cincuentenas y animar, con su presencia, a mi gente.

El gascón saludó con una profunda y correcta inclinación, en tanto que Mendoza se retorcía cómicamente no sabiendo hacerlo mejor.

Ni era un hidalgüelo de la Gascuña, ni en su vida había puesto los pies en los salones de un castillo.

A una señal de la marquesa aparecieron dos esclavos africanos para guiar al aventurero y al viejo lobo de mar al sitio indicado.

—Cenemos, conde —dijo la marquesa, que parecía de excelente humor a pesar de la proximidad de las circunstancias—. Ya es tarde.

El hijo del Corsario Rojo y Botafuego no se hicieron repetir la invitación y atacaron vigorosamente las diversas viandas, fiambres condimentados con mucha pimienta y muy sabrosos.

La marquesa contentóse con clavar sus menudos dientes en pastitas de maíz, cubiertas con espesa capa de azúcar.


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