El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Pensaréis que somos indiscretos señora —dijo Botafuego—, pero durante estos dos dÃas de persecución obstinada no hemos tenido tiempo de hacer una comida regular.
—Dos dÃas, barón de…
—¡Barón! —exclamó el señor de Ventimiglia, poniéndose en pie, en tanto que el bucanero hacÃa un gesto rápido a la marquesa.
—Perdonad, Botafuego —dijo la bella andaluza—. Os confundà en un momento de distracción con el barón del Puerto.
El conde contempló atentamente al bucanero, que aparecÃa palidÃsimo.
—¿Quién sois, pues? —le preguntó.
—Botafuego —respondió el aventurero, con amargura tan profunda, que no pasó inadvertida para el corsario.
—Me ocultáis vuestro verdadero nombre.
—Lo sepulté en el Océano, bajo la lÃnea ecuatorial —dijo el bucanero con voz sorda, pasándose varias veces la mano por la frente, como para limpiarse gotas de sudor frÃo—. ¿DecÃase, señora marquesa?…
—No recuerdo… ¡ah… sÃ!… me contabais que durante dos dÃas las cincuentenas os han dado caza.
—Y con muchos perros además.
—¿Lograsteis burlar siempre sus asechanzas?