El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ya desesperábamos de poder llegar a vuestra villa, marquesa —dijo el corsario—, por culpa de las cincuentenas.
La hermosa viuda permaneció algunos instantes sumergida en profundos pensamientos; luego, mirando al conde, le preguntó:
—No sé cuánto darÃa por conocer el imperioso motivo que ha traÃdo hasta aquÃ, después de tantos años, al hijo y sobrino de los tres formidables corsarios. ¿Un capricho, o alguna venganza? No se hace un viaje desde Europa, no se juega audazmente la vida, como os la jugáis vos, conde, sin un motivo muy grave. Creo haberos dado ya bastante pruebas de amistad para que no me consideréis mujer capaz de traicionar uno de vuestros secretos y de perderos.
—¡Oh… marquesa!… —exclamó en tono de protesta el señor de Ventimiglia.
—Acaso dentro de cuatro horas volveréis a embarcar en vuestra fragata —prosiguió la hermosa andaluza, lanzando un suspiro—. Probablemente no tornaremos a encontrarnos y el dulce sueño… se desvanecerá. Hablad; os halláis en presencia de una dama noble y de un caballero no menos noble.
—¿Botafuego?
—Yo sé quién es —dijo la marquesa.