El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El capitán de alabarderos pasóse una mano por su frente contraÃda. Su rostro revelaba honda preocupación.
—¡Que me habéis ganado cien piastras!
—Eso no importa: me refiero a los dos números.
—Tampoco soy zahorÃ.
—¿Seguimos?
—SÃ; quiero ver cómo se combinan los nuevos números. Os propongo tres golpes de quinientas piastras cada uno.
—Conforme: vos echáis.
El capitán cogió de nuevo el cubilete y después de agitar nerviosamente los dados, les hizo colar sobre el tapete.
En el acto dejó escapar una blasfemia mal reprimida, en tanto que su frente se cubrÃa de sudor.
—¡Otra vez trece! —exclamó—. ¿Estoy jugando con el diablo?
—Realmente, voy vestido como él —dijo el conde de Miranda, siempre burlón.
—¡Jugad, vive Dios!
—¡Doce! —exclamó el joven.
El capitán se estremeció.
—El trece encerrado entre el doce y el catorce —dijo asestando un puñetazo sobre la mesa—. ¿No encontráis raro todo esto, conde?
—En efecto, es cosa que hace pensar.