El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Y el número fatal lo tengo yo!
—Pero me habéis ganado quinientas piastras, suma que puede consolar incluso a un capitán de alabarderos.
—HabrÃa preferido perderlos, con tal de que hubiese salido otro número.
—Ni vos ni yo mandamos en los dados. Continuemos.
La partida prosiguió y el conde de Miranda ganó las mil piastras, con un quince y un diecisiete contra un catorce y un dieciséis.
El capitán púsose en pie de mal humor, en el momento en que los esclavos anunciaban que era media noche y que la fiesta habÃa terminado.
—Os enviaré mañana a bordo las mil cien piastras que me habéis ganado, conde —dijo secamente el capitán de alabarderos.
—No tengáis prisa —contestó el joven.
—ConfÃo en que me concederéis el desquite.
—Cuando queráis.
—Pero no aquÃ.
—¿Por qué?
—No tengo suerte en esta casa.
—Y es imposible litigar libremente, ¿es verdad, capitán? —preguntó el conde de Miranda con ironÃa.
—Puede ser —replicó el capitán—. Buenas noches, conde.