El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Dicho esto, salió del saloncito, y entró en la sala del baile, donde damas y caballeros se agolpaban en torno de la marquesa de Montelimar, despidiéndose.
El comandante de la «Nueva Castilla» se detuvo, apoyándose en el quicio de la puerta. Esperaba seguramente a que los invitados se retirasen.
Por la expresión de su rostro, se comprendÃa que no se hallaba menos preocupado que el conde de Santiago. Atormentaba con la siniestra las guardas de su espada y se retorcÃa nerviosamente el bigote. Cuando la espléndida sala estuvo casi vacÃa, dirigióse hacia la marquesa, la cual parecÃa que le buscaba con la mirada.
—Señora —le dijo inclinándose—, me perdonaréis que no haya vuelto a bailar con vos pero me habÃa empeñado en una grave partida de juego.
—¿Con el capitán de alabarderos? —preguntó la hermosa viuda, con cierta ansiedad.
—SÃ, marquesa.
—¿No habéis cuestionado?
—No por cierto.
La marquesa respiró.
—Guardaos de él, señor conde —dijo luego. Es hombre peligroso.
El joven golpeó con una mano la empuñadura de la espada.