El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Mientras lleve al costado este acero, no temo a todos los capitanes de alabarderos de España, de Francia o de Italia —dijo—. Marquesa, ¿cuándo podré veros? Tengo que pediros una información que me interesa.
—¿A m� —preguntó la bella viuda, estupefacta.
—SÃ, marquesa.
—Os invito a comer mañana.
—Mañana… —dijo el conde, en tanto que por su frente pasaba como una sombra—. PodrÃa ser demasiado tarde.
—¿Vais a partir tan pronto? Solamente lleváis aquà un dÃa.
—Es verdad, marquesa, pero hay ocasiones en que no se dispone del tiempo propio. PodrÃa permanecer como podrÃa partir de un momento a otro. No querrÃa marcharme sin haber celebrado con vos una conferencia.
—¿No habéis venido para defender a Santo Domingo de un ataque de los corsarios de la Tortuga y de los bucaneros?
—Me es imposible responderos, marquesa.
—Sin embargo, no debéis alejaros tan pronto. ¿Montáis a caballo, conde?
—SÃ, marquesa.
—Mañana se celebrará una carrera de caballos y me agradarÃa que tomaseis parte en ella.
—¿Por qué?