El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Diantre! —exclamó el marinero—. Tenéis una suerte endiablada, amigo Barrejo. ¡Esto es Jerez legÃtimo! ¿También los gascones poseen un olfato extraordinario?
—No nos falta nada, querido compadre. Habéis perdido el doblón.
—Ya os pagaré cuando estemos a bordo de la fragata, si es que logramos…
El gascón hizo una mueca; luego se encogió de hombros.
—¡Bah! —exclamó—. Me consolaré con este delicioso Jerez. ¿No notáis qué perfume, compadre? La señora marquesa de Montelimar sabe hacer provisiones. Vaya, bebed y dadme el jarro. ¿Queréis matarme de sed?
—No, primero el vencedor —replicó muy serio Mendoza, alargándole el jarro.
El gascón lo cogió, abrió bien las piernas y empezó a beber a chorro sin tomar aliento.
—¡Caracoles! —exclamó el filibustero, haciendo un gesto de espanto—. ¿Queréis emborracharos, Barrejo?
—¡Bah!… ¡Un gascón!… —respondió el soldado, cerrando un momento los labios.
—¡Al diablo todos los gascones! Me agarraré a una bota y ya veremos quién bebe más.