El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Casi, casi.
—¿Y si probásemos nuestra resistencia al vino?
—He aquà lo que querÃa proponeros. Ese negro feÃsimo se ha olvidado de poner botellas en el cesto. Pero no valÃa la pena de que se incomodase; ¿acaso no nos hallamos en una bodega bien provista? En ocasiones soy un estúpido, compadre —dijo el aventurero—. ¡A pesar de haber nacido en Gascuña!
—¡Oh, algunas veces discurrimos como acémilas!… pero lo remediaré se seguida.
—Mirad qué panza tan hermosa la de ese tonel… ApostarÃa que contiene Jerez.
—No, Alicante.
—Yo entiendo de vinos de España.
—¿Sin catarlos?… ¡Compadre!… Sois un hombre maravilloso. ¿Apostáis uno de vuestros doblones?
—Vaya el doblón —repuso Barrejo—. Mejor estará en vuestro bolsillo que en el de los españoles. Escanciad, compadre. Veremos quién tiene razón.
Mendoza, que ya se habÃa provisto de un jarro de ancha boca oculto bajo una viga, y que servÃa probablemente a los criados para beber el vino de la marquesa sin conocimiento del mayordomo, abrió la espita del panzudo recipiente, haciendo salir un hermoso chorro de color de ámbar.