El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Y a mí bajo los bosques de Santo Domingo, junto a la «Puerta del Sol» —añadió el gascón—. Pero también yo he respirado el aire salubre del mar de Vizcaya. Compadre, acabemos la cena, si el señor conde nos lo permite. Yo no he tenido tiempo más que para probar una chuleta de jabalí, dura como la carne de un mulo centenario.

—Que aproveche —dijo el señor de Ventimiglia—. Yo prefiero, mientras los españoles nos dejan un momento de tranquilidad, cerrar los ojos.

—Y yo lo mismo —observó el bucanero—. Si hay que reanudar la lucha, nos cogerá descansados. Os confiamos la guardia.

—Un gascón no se duerme jamás en presencia del enemigo —aseguró Barrejo.

—Tampoco un vizcaíno —añadió Mendoza.

—Hacen buena pareja —murmuró el bucanero.

El conde se tumbó entre dos toneles y cerró los ojos. Botafuego no tardó en imitarle, en tanto que el filibustero y su digno camarada acomodándose junto al cesto engullían el contenido sin preocuparse del inminente peligro que les amenazaba.

—Amigo Barrejo, resistís maravillosamente al sueño —insinuó Mendoza, cuando ya no quedó nada que poner entre los dientes.

—¡Bah!… ¡Un gascón!…

—Entonces, ¿son máquinas los gascones?


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