El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No creo que por el momento sea necesario —replicó Mendoza—. Aguardemos a ver lo que sucede. Acaso tengamos aún ocasión de reanudar nuestras libaciones sin testigos molestos. ¡Mil truenos!… Son los españoles. Mirad, compadre.
Acercáronse ambos a la entrada y observaron a través de los espacios que dejaban los grandes toneles arrastrados por Marto hasta allÃ.
Cuatro criados de la marquesa, esclavos negros todos, conducidos por Marto en persona, habÃan entrado en la bodega, seguidos por una docena de arcabuceros españoles que llevaban antorchas.
—Compadre —dijo Barrejo—, se me figura que el asunto comienza a ponerse feo.
—Tal vez menos de lo que imagináis —contestó Mendoza—. ¿No veis que en lugar de reconocer la bodega, se ocupan de los toneles? ApostarÃa medio doblón contra ciento a que esos valientes soldados tienen más sed que nosotros.
—Entonces les imitaremos.
—Poco a poco, señor gascón. No hay que gastar bromas con este delicioso Jerez, sobre todo ahora. PodrÃan turbar nuestras libaciones y no sé lo que nos sucederÃa con demasiado vino en el cuerpo.
—Admiro vuestra prudencia.
—Callemos y veamos lo que sucede.