El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Los arcabuceros del gobernador de Santo Domingo parecÃa que, en efecto, se habÃan olvidado del objeto principal de su excursión a la bodega de la marquesa.
Los esclavos, guiados siempre por Marto, buscaron bajo las vigas que sostenÃan las botas monumentales, grandes jarros, y se apresuraron a llenarlos; los soldados, que acaso en su vida se habÃan encontrado en medio de tanta abundancia, bebieron furiosamente Oporto, Alicante, Jerez y Madera.
Hasta el sargento que los mandaba cogió un cántaro y comenzó a trasegar a grandes tragos el contenido.
—Compadre —dijo el gascón, que llevaba algunos instantes revolviéndose como si tuviera el diablo en el cuerpo—, ¿y asistiremos como dos estatuas a semejante fiesta?
—Tenéis razón —contestó Mendoza—. Esa gente no se ocupa más que de los toneles, y como nosotros no somos barricas que saquear, seguramente no vendrán a importunarnos.
—Seguid vos con el Jerez; yo daré un asalto a cualquier otro recipiente. Veremos quién es más afortunado.
—Yo, seguramente.
—Un doblón a que no.
—Apostado —dijo Mendoza—. No pagaré…