El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —La marquesa sabe bien lo que hace —dijo al fin—. Podemos aguardar tranquilamente a que los soldados empinen el codo. La bebida de los arcabuceros del gobernador de Santo Domingo durará media hora larga; luego se marcharán todos con las piernas más o menos seguras y la bodega volverá a quedar en el silencio y en la obscuridad.
—Entonces, ¿podemos atacar? —preguntó Mendoza.
—¿A quién? —interrogó Botafuego.
—A los toneles.
—¡Idos al diablo!… Yo reanudo mi sueño.
—Y nosotros la guardia —dijo el gascón.
—Pero cuidad de no dormiros frente al enemigo.
—¡Oh!… ¡nunca!…
Y en tanto que el bucanero, completamente seguro de que los españoles se alejarÃan, continuaba su interrumpido sueño, los dos camaradas, no menos tranquilos de no correr peligro alguno, reemprendÃan el ataque a los vinos de la marquesa de Montelimar.