El hijo del Corsario Rojo

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CAPĂŤTULO X

EL CABO TIBURÓN

Dos horas después, Marto, acompañado de dos vigorosos negros, quitaba los toneles que obstruían la entrada y aparecía ante los filibusteros, diciendo:

—Señores, mi ama os aguarda; sois libres…

El conde, que ya se habĂ­a despertado y que estaba discutiendo con Botafuego sentado junto a la antorcha encendida de nuevo por Mendoza, alzĂłse prontamente, preguntando con alegrĂ­a:

—¿De modo que se han ido los españoles?

—Sí, señor conde.

—¿Cómo se las ha arreglado tu señora para desembarazarse de ellos?

—Ella misma os lo dirá. Os espera para tomar el café.

—Vamos, Botafuego. Hoy por la tarde quiero hallarme a bordo de la fragata. Mi ausencia ha sido demasiado larga.

—En el caso de que las cincuentenas nos dejen pasar… —contestó el bucanero, que aparecía siempre pesimista.

—Acabaremos con todas —afirmó el gascón con gesto trágico.

Atravesaron la bodega precedidos de los negros y subieron al patio en el momento en que el cielo se teñía con los primeros reflejos de la aurora.


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