El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO XI

LA CAZA AL «SANTA MARÍA»

La fragata, que por aquel entonces se llamaba la «Nueva Castilla» para no despertar sospechas en los puertos españoles pero que debajo de un pedazo de lona pintado en la popa llevaba el nombre glorioso del «Rayo» en memoria de la famosa nave del Corsario Negro, hízose a la vela con todos los artilleros reunidos tras las veinte piezas de las baterías y de los dos grandes cañones emplazados en el alcázar.

Como ya se ha dicho, era una magnífica nave de combate, capaz de hacer frente a dos galeones españoles, sólida y ligera al mismo tiempo, con inmensa arboladura para poder aprovecharse de la más ligera brisa.

Seguramente ni los filibusteros de la Tortuga ni los españoles habían visto jamás otro barco de batalla tan soberbio surcar las aguas del Golfo de México.

Al «Santa Trinidad» de la Gran Armada tenía poco que envidiarle, ni en bocas de fuego, ni en número de hombres, ni en velocidad.

Levadas las anclas, el «Rayo» —porque ya podemos llamarla así—, giró sobre sí mismo para recoger el viento de popa; luego se puso en marcha hacia el cabo Tiburón para pasar de largo.


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