El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El hijo del Corsario Rojo, despreciando todos los peligros, no dio orden siquiera de que apagasen los dos grandes fanales que brillaban a babor y estribor del alcázar, ni el fanalón de proa instalado sobre el castillo.
No quería dejar en la obscuridad a los artilleros de los cañones con los cuales contaba para ametrallar a las chalupas españolas, probablemente puestas ya en movimiento para intentar un abordaje furioso.
En pocos instantes la fragata atravesó la rada; en seguida se dirigió audazmente hacia el cabo; en tanto que los artilleros soplaban las mechas y los arcabuceros trepaban a las cofas, donde habían ya acumulado no pocas granadas para lanzarlas a mano, como acostumbraban a hacer los filibusteros en aquel tiempo.
Avanzaba majestuosa la fuerte nave, segura de pasar tranquila junto a los arcabuceros y a las cincuentenas del gobernador de Santo Domingo.
Bajo la claridad deslumbradora de los dos grandes faroles de popa, brillaba, como una mancha de sangre, el hijo del Corsario Rojo, señor de Ventimiglia, de Valpenta y de Roccabruna, el descendiente de los tres formidables corsarios que un día llevaron el espanto a todas las colonias españolas del gran Golfo de México.