El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Con la bocina en la diestra y la siniestra apoyada en la empuñadura de su espada de combate, una hoja larga y pesada como la que usaba el gascón, el intrépido joven, fijos los ojos en las velas de la hermosa nave, aguardaba serenamente el ataque.
Una sonrisa sardónica, aquella sonrisa despreciativa que hizo tan célebre al famoso Corsario Negro, erraba por sus labios sutiles.
—Me rÃo de todos vosotros —parecÃa decir—. Soy hijo del terrible Corsario Rojo, que os ha hecho temblar, y sobrino del formidable Corsario Negro. ¿Quién osará atacarme?
El «Rayo», no encontrando en la rada viento suficiente, avanzaba poco a poco hacia el cabo, deseoso de probar las vigorosas caricias del Gran Golfo.
Toda ella aparecÃa cubierta de velas.
Aunque algunas olas, rugiendo sordamente, estrellábanse de vez en cuando sobre sus costados, el choque solo producÃa un ligero cabeceo; tan bien equilibrado se hallaba.
—¿Me observará la marquesa? —se preguntaba el conde—. ¡Ojalá pueda ver cómo se bate el señor de Ventimiglia!
Un cañonazo, que repercutió sordamente bajo la selva que cubrÃa al promontorio, le interrumpió la frase.