El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Ah! —exclamó, volviéndose hacia el gascón, que estaba junto a él haciendo sonar en el bolsillo sus doblones—. Parece que los españoles han caÃdo en la cuenta de que tratamos de escapar, ¿verdad, amigo Barrejo?
—No soy sordo, señor conde —contestó el aventurero.
—Cuidad de que alguna bala no os lleve la cabeza.
—Ya os he dicho que el compadre Belcebú no sabe qué hacer en su casa con los gascones. Hasta en el infierno somos gente demasiado peligrosa.
—Sois un tipo notable.
—¿Suponéis que va a llevarse a otros diablos capaces de cortar la cola y las alas a sus hijos? Yo creo que el demonio no será tan estúpido.
—¡Señor conde! —gritó Mendoza, que estaba tras ellos, en la caña del timón—. Guardaos de ese individuo, debe de ser primo o sobrino de Lucifer. Os traerá seguramente la desgracia; lo juro.
—Sobre un tonel de Jerez —replicó el bravo gascón, soltando una sonora carcajada.
Cuatro o cinco cañonazos, disparados desde la extremidad del cabo, resonaron en aquel momento, lanzando sus proyectiles a través del velamen de la fragata.