El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Pues bien, seré el segundo —replicó el terrible gascón.
—Y yo el tercero —añadió una voz.
Era Mendoza, que habÃa subido al puente sin que lo viesen.
—¡Ah!… ¿Sois vos, compadre? —dijo el gascón, mientras el conde se dirigÃa a la toldilla para asegurarse de que los hombres se hallaban en sus puestos de combate.
—No me apartaré de vuestro lado, compañero —aseguró el lobo de mar.
—¿Para vigilarme? —preguntó el aventurero; frunciendo el entrecejo.
—Nada de eso. Para apoderarme de los doblones que lleváis en el bolsillo y evitar que caigan en manos de los españoles; luego haré celebrar un centenar de misas —dijo el vizcaÃno, riendo.
—¿Me auguráis la muerte, acaso?
—¡A un gascón! ¡No os parte ni un rayo!
—Estáis en lo cierto, compadre.
—Nadie quiere a vuestros compatriotas; son demasiado peligrosos.
—Exactamente —contestó Barrejo, muy serio.
El conde subÃa en aquel momento la escala, seguido del segundo de a bordo.