El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Es el «Santa MarÃa» —dijo a Mendoza, que le interrogaba con la mirada—. No hay posibilidad de engañarse. Encárgate del timón hasta que llegue el momento de disparar un buen cañonazo. Deseo un mástil del galeón.
—Lo tendréis, señor conde —contestó el lobo de mar.
—Cincuenta doblones de regalo si lo consigues.
—¡Rayos y truenos! —exclamó el gascón, mordiéndose los labios—. En mi paÃs, por semejante premio, serÃan capaces de matar a diez personas. ¿Por qué mi padre no me harÃa artillero? Asà el compadre Mendoza me pagarÃa el doblón que ha perdido en la bodega de la marquesa. No lo he olvidado. Los gascones tienen buena memoria.
VivÃsima agitación reinaba en la fragata.
La noticia de que se trataba de abordar a un galeón español se habÃa esparcido por todas partes y la tripulación entera se preparaba animosamente al ataque, segura de tener no poco que hacer, porque aquellos grandes veleros estaban bien armados y tripulados por marineros escogidos.
El «Rayo» redobló la marcha para alcanzarlo. Todas las velas habÃan sido desplegadas. Mendoza empuñaba la caña del timón.