El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El barco español, al descubrir hacia popa una nave corsaria, dirigióse en seguida hacia la costa dominicana, para buscar refugio en cualquiera de los numerosos puertos o radas de la isla, al abrigo de algún fortín.
Descubriendo a tiempo sus intenciones, el conde dirigió al «Rayo» hacia la playa, para impedir que el galeón escapase al abordaje.
Pronto se halló a la altura de la nave enemiga; entonces avanzó resueltamente en línea recta, haciendo comprender a los españoles que no les quedaba más recurso que rendirse a discreción o luchar hasta morir.
—¡A mí, Mendoza! —gritó el conde—. Ha llegado el momento.
El galeón se hallaba solo a una milla de distancia y se movía pesadamente.
Era uno de aquellos grandes barcos que los españoles empleaban para transportar a Europa los tesoros arrancados a las minas, entonces inagotables de México, de Guatemala y de Costa Rica, anchos de costados con dos puentes, pero demasiado pesados para poder competir con las esbeltas naves filibusteras, las cuales, fuertes con el apoyo de los bucaneros, atendían más a la velocidad que al número de cañones.
—¡Mendoza! —gritó el conde—. Derriba el palo mayor de ese galeón y detenlo en mitad de su carrera.