El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Si con mi espada pudiera hacerlo, no vacilaría un solo instante —murmuró el gascón—. Mi camarada tiene una suerte loca, pero ya me pagará el doblón.

La nave española, al verse perseguida por un barco de gran porte, capaz de disputarle y hasta de hacerle pagar cara la victoria, cambió bruscamente la ruta acaso con la esperanza de refugiarse en el pequeño puerto de Jacmel y de colocarse bajo la protección de los fortines allí levantados.

Pero tenía que habérselas con audaces hombres de mar, que conocían perfectamente las costas de la isla.

El conde, tan pronto como adivinó las intenciones de sus adversarios, encaminóse hacia tierra para cortarles el paso e impedir que buscasen refugio.

El «Rayo», que conservaba todo su inmenso velamen desplegado, puesto que el viento se le mostraba favorabilísimo, acercábase con la velocidad de una golondrina de mar.

Cuando se halló a quinientos metros del enemigo, disparó un cañonazo con pólvora sola, pero el adversario no hizo caso de la intimación.

Comprendiendo que era imposible alcanzar el pequeño puerto, viró nuevamente, en tanto que la tripulación se disponía a trabar la batalla.

—¡Ah! No quiere detenerse —dijo el conde—. Entérate, Mendoza.


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