El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Por cuarta vez la tripulación de la fragata intentó el asalto con rabia feroz; después de un sangriento combate cuerpo a cuerpo, logró apoderarse de la barricada, no sin sufrir pérdidas considerables.
Los españoles, que no pudieron resistir aquel choque tan tremendo, replegáronse en masa hacia el castillo de proa, tal vez con el propósito de intentar la última resistencia.
El señor de Ventimiglia, de pie en lo alto de la barricada, levantó el acero tinto en sangre, gritando:
—¡La rendición o la muerte!… ¡Elegid!…
Los españoles permanecieron silenciosos, empuñando siempre las armas. De seguro que aquellos valientes sentían el deseo de reanudar la lucha; pero después de contarse y de comprobar que sus pérdidas eran enormes y sus fuerzas escasas para reconquistar el terreno perdido, decidieron arrojar sus aceros sobre el puente.
El capitán del galeón, un anciano de luenga barba blanca, que se había batido heroicamente en primera fila, bajó la escala del castillo de proa y avanzó solo hacia la barricada tras la cual estaban los bucaneros con los arcabuces cargados.
—¿Qué intentáis hacer ahora con nosotros? —preguntó mirando al conde con ira—. ¿Arrojarnos al mar acaso?